La luz del sol apenas penetraba por entre las rendijas de la persiana del dormitorio. Los dos cuerpos desnudos, medio tapados apenas por una sabana, respirando cada uno a su propio ritmo, el de ella suavemente, con calma. Él, en cambio, emitía una especie de ronquido no excesivamente fuerte, pero tampoco flojo. Ella suspiró, se estaba empezando a despertar.
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lunes, 20 de julio de 2009
(R.F.01) LA HISTORIA DE MÓNICA 1ª Parte
La luz del sol apenas penetraba por entre las rendijas de la persiana del dormitorio. Los dos cuerpos desnudos, medio tapados apenas por una sabana, respirando cada uno a su propio ritmo, el de ella suavemente, con calma. Él, en cambio, emitía una especie de ronquido no excesivamente fuerte, pero tampoco flojo. Ella suspiró, se estaba empezando a despertar.
domingo, 14 de junio de 2009
GRAHAM GREEN EN EL DENTISTA
Llegaba tarde y aunque no tenía las más mínimas ganas de ir al dentista, tampoco quería perder la cita. Se palpó con la lengua el agujero que ocupaba el lugar del empaste caído. A pesar de que todavía no habían salido los niños del colegio, era la hora en que las madres salían de casa con sus gigantescos todo terrenos, que a Jota le parecían más tanques que coches. En cima, la fina lluvia hacía que hubiera más tráfico del habitual. Miró nervioso el reloj, apenas faltaban cinco minutos para las cuatro y media, que era precisamente la hora en la que tenía que estar en la consulta. Le resultó difícil encontrar aparcamiento o al menos así se lo pareció. Finalmente, después de tres vueltas a la manzana, consiguió encontrar un pequeño hueco. Su coche era pequeño y fácil aparcar, aún así, los nervios le jugaron una mala pasada y tuvo que hacer más maniobras de las habituales. Guardó la radio en la guantera, cogió la pequeña bolsa de costado que tenía en el asiento de al lado y salió del coche a toda prisa, asegurándose de cerrar la puerta, ya que no se fiaba demasiado del callejón donde lo estaba dejando. Años atrás, cuando todavía vivía en casa de sus padres, habría hecho ese trayecto andando y con toda seguridad, le sobraría tiempo. Evidentemente se estaba acomodando demasiado. El dentista le daba un miedo atroz y dudaba si era por su boca o por su bolsillo. Llamó al timbre de la puerta, que se abrió con un zumbido. Dentro le aguardaba la recepcionista. —Buenas tardes. ¿Tiene hora para hoy?— Dijo la chica. —Si, había pedido hora para las cuatro y media. Ella consultó la pantalla del ordenador y entrecerrando los ojos preguntó. — ¿Es usted Javier Guzmán. —Ese soy yo. —¿Es la primera vez que viene? —Aquí si. El dentista al que iba antes, cerro hace años y bueno, se me ha caído un empaste y… En fin, ya se que tendría que haber venido antes… —El mecánico y el dentista es lo que la gente siempre termina aplazando. — Dijo la chica comprensiva. —Si, pero tú del dentista no te libras nunca. ¿Eh? — Dijo con cierta ironía. — Supongo que no…— Dijo ella sonriendo y apunto de decir algo más cuando sonó nuevamente el timbre de la puerta. Ella apretó el botón para abrir y entró una mujer de unos treinta y tantos con su hijo, el cual iba cargado con una enorme cartera. — Hola, buenas tardes. — Dijo la mujer. —Buenas tardes. — Repetimos a la vez la chica y yo. —Ya puede pasar a la sala de espera, Sr. Guzmán. Está en el pasillo que hay a la derecha, cualquiera de las dos puertas que hay a mano izquierda. Enseguida lo llamarán. —Muy bien. — Respondió, avanzando por el pasillo con ciertas dudas. En la sala de espera, había una veinteañera, y un matrimonio de cierta edad. La sala, más bien salita, era una habitación pequeña, pegadas a las cuatro paredes, habían sillas de plástico. En la esquina de enfrente, casi tocando el techo, una televisión de plasma, no demasiado grande, que en ese momento permanecía apagada. Y en el centro de la salita, una de esas pequeñas mesas de cristal en la que habían barias revistas, sobre todo del corazón, pero también se podía ver alguna revista de viajes, de cine, algún tebeo de “Mortadelo” y hasta un “Jueves” que estuvo tentado de ojear, pero Jota, ya traía su propia lectura de casa, en la pequeña bolsa de costado. Se trataba de “El factor humano” de Graham Green, una edición de 1984, de la editorial Seix Barral, que había adquirido en el “Mercat de Sant Antoni. Mientras sacaba el libro de la bolsa, vio pasar a la mujer que había entrado detrás de suyo, con el niño. Abrió el libro por la página 240, quinta parte, tercer capítulo, tercer punto y aparte, y empezó a leer:
“Las horas parecían estirarse. Castle intentó leer, pero ningún libro lograba aliviar la tensión de sus nervios. (Inconscientemente, yo miré el reloj, ya eran las cinco menos cuarto.) Entre un párrafo y otro le perseguía la idea de que en algún lugar de la casa, había dejado algo que podía acusarle. Había mirado todos los libros de todos los estantes; ni uno solo de ellos sirvió nunca para codificar un mensaje. Guerra y paz había sido convenientemente destruido. Había retirado de su estudio todas las hojas usadas de papel de carbón, por inocentes que fueran, y las había quemado. La lista telefónica de su escritorio no contenía nada que fuese más secreto que los números del carnicero y del dentista. Sin embargo, estaba seguro de que en alguna parte tenía que haber algún indicio que había olvidado. Recordó a los hombres de la sección especial que registraron el piso de Davis; recordó las líneas que Davis había marcado con una
Al llegar al punto y aparte, apartó la vista del libro. Habían llegado otras dos personas, un chico de unos trece años y una adolescente, que aprovechaba, para repasar los apuntes del “insti”. Lo cierto es que la lectura del libro, no conseguía tranquilizarle demasiado, pero últimamente, no tenía demasiado tiempo para leer, y ya le faltaba poco para saber como terminaba aquel libro… “Nunca había pasado un día tan largo y solitario. No tenía hambre, aunque solo Sam había desayunado, pero se dijo a sí mismo que no podía saber lo que iba a ocurrir antes de la noche, ni donde comería la próxima vez. Se sentó en la cocina ante un plato de jamón frío, pero solo había comido una tajada cuando se dio cuenta de que era hora de sintonizar el noticiario de la una. Lo escuchó hasta el final, hasta la última nota de fútbol, porque nunca se puede estar seguro de que no agregarán alguna noticia de última hora. Naturalmente, no dijeron nada que ni remotamente se relacionase con él. Ni siquiera una referencia al joven Halliday. No era probable que dijeran nada. A partir de ahora su vida sería totalmente a puerta cerrada. Para ser un hombre que durante muchos años se había ocupado de lo que se llama información secreta, se sentía extrañamente aislado. Tuvo la tentación de pedir su SOS urgente, pero había sido una imprudencia haberlo hecho por segunda vez desde su casa. No tenía idea de donde sonaba la señal, pero los que controlaban su teléfono muy bien podrían rastrear la llamada. El presentimiento que tuvo la noche anterior de que toda comunicación estaba cortada, de que había sido abandonado, crecía por momentos.”
— ¿Antonio Puerta? — Dijo una de las enfermeras. El señor que estaba con su mujer se levantó con un ahora vuelvo y se fue por el pasillo a donde le indicaba la chica. Miró un momento a la otra chica que había llegado antes que el y que también esperaba su turno, era bastante guapa. Ella se dio cuenta de que la miraba y le devolvió la mirada. Jota apartó tímidamente la mirada y siguió disimuladamente con su lectura.
“Le dio a Buller lo que quedaba de jamón, y el perro le recompensó dejando un hilo de saliva sobre sus pantalones. Hacía tiempo que tendría que haberlo sacado, pero se resistía a dejar las cuatro paredes de la casa, ni siquiera para ir al jardín. Si llegaba la policía quería ser detenido en su hogar, no a la intemperie y con las vecinas espiando a través de las ventanas. Arriba, en un cajón de al lado de la cama, tenía un revólver cuya existencia nunca había reconocido ante Davis, un revólver relativamente legal que databa de su época en Sudáfrica. Por allí, casi todos los blancos poseían un arma. Al comprarlo solo había cargado la recámara, para evitar un disparo de primer impulso y el cartucho no se había movido de allí desde hacía siete años. Pensó:
El sonido de un teléfono móvil, volvió a sacarlo de la lectura. La adolescente, echó a un lado sus apuntes y sacó del bolso un móvil de color rosa, mirando a todos los de la sala con cierta cara de inocencia, como queriéndose disculpar. —¡Hola!...--- Dijo en voz baja.--- Bien… Oye, ahora no puedo hablar, estoy en el dentista… Nada grave, una muela picada… Ya, tía… Oye, te llamo luego, ¿vale? La chica guardó su móvil, y mientras ella seguía con sus apuntes, Jota volvió con su lectura…
“Leyó, encendió el televisor, reanudó la lectura. Le asaltó una idea delirante: coger un tren para Londres, ir a ver al padre de Halliday y pedirle noticias de su hijo. Pero tal vez ya estaban vigilando su casa y la estación. A las cuatro y media, mientras avanzaba el gris atardecer, sonó el teléfono por segunda vez y, con una absoluta falta de lógica, lo descolgó. Casi esperaba oír la voz de Boris, aunque sabía muy bien que este nunca correría el riesgo de llamarle a su casa.”
Pensó que era mucha casualidad que en el libro también sonara un teléfono, aquello le recordó a “La historia interminable”, en la que el niño protagonista terminaba metiéndose dentro del libro que estaba leyendo. Como si su vida y la de Castle fueran paralelas durante ese corto periodo de tiempo. Una de las enfermeras, llamó a la chica que se sentaba enfrente suyo. Sus miradas volvieron a cruzarse una última vez mientras, ella recogió sus cosas y se fue por donde le indicaba la enfermera. La observó mientras se iba, y luego reanudó la lectura, sabiendo que no tardarían en llamarlo…
“La severa voz de su madre le llegó como si estuviera en la habitación: —¿Maurice? —Sí. —Me alegro de que estés ahí. Sarah parecía creer que tal vez te habrías ido de viaje. —No, todavía estoy aquí —¿Qué es toda esta insensatez, qué ocurre entre vosotros? —No es ninguna insensatez, mamá. —Le dije que tenía que dejar a Sam conmigo y volver inmediatamente. —Pero no lo hará, ¿verdad? — inquirió con pánico: una segunda separación le parecía imposible de soportar. —Se niega a ir. Dice que tú no le permitirás entrar. Esto es absurdo, por supuesto. —No es nada absurdo. Si ella viniera yo me iría. —¿Qué demonios ha ocurrido entre vosotros? —Algún día lo sabrás. —¿Estás pensando en el divorcio? Eso sería un desastre para Sam. —Por el momento solo es una separación. Deja que las cosas reposen un tiempo, mamá. —No comprendo nada. Y detesto todo lo que no comprendo. Sam quiere saber si le has dado de comer a Buller. —Dile que sí. La señora Castle colgó. Él se pregunto si, en algún lugar se había grabado aquella conversación. Necesitaba un Whisky, pero la botella estaba vacía. Bajó a lo que en otros tiempos había sido una carbonera, y donde ahora guardaba el vino y los licores. La rampa de caída del carbón había sido convertida en una especie de ventana inclinada. Levantó la vista y sobre el pavimento vio el reflejo de la luz de un farol y las piernas de alguien que parecía estar apoyado en él.”
El primer hombre al que habían llamado entró por la puerta de la sala de espera, llevaba una gasa ensangrentada en la boca. Su mujer se levantó en cuanto lo vio entrar por la puerta. —¿Te han hecho daño? — Preguntó preocupada. Él negó con la cabeza, luego cogieron sus cosas y se marcharon. Jota pensó que sería probablemente el siguiente. Dos veinteañeros, enamorados entraron haciéndose mimos…
“Aquellas piernas no vestían de uniforme, Aunque naturalmente podían pertenecer a un agente de paisano de la sección especial. Quienquiera que fuese, se había situado con bastante evidencia frente a la puerta, aunque, por supuesto, el objetivo del vigilante podía consistir en asustar a Castle para obligarle a realizar algún acto imprudente. Buller le había seguido escaleras abajo. También el advirtió las piernas y comenzó a ladrar. Parecía peligroso, sentado sobre sus ancas y con el hocico levantado, pero si las piernas hubieran estado bastante cerca, no las habría mordido: las habría llenado de baba. Mientras los dos estaban allí, las piernas desaparecieron de vista y Buller gruño decepcionado: Había perdido la oportunidad de hacer un nuevo amigo. Castle encontró una botella de J. & B. (le pasó por la mente la idea de que el color del whisky ya no tenía ninguna importancia) y subió la escalera con ella, pensando: si no me hubiera desprendido de guerra y paz ahora podría leerme algunos capítulos sólo por el placer de hacerlo.”
—¿Ulises Fernández?— Preguntó la enfermera. Jota miró a su alrededor, nadie se inmutó. La enfermera fue a sala contigua, y justo antes de que pudiera volver a decir el nombre, vio pasar por la puerta, como un rayo, al niño que había entrado con su madre al mismo tiempo que él. El niño, con el que se sintió identificado se dirigía a la salida del centro, sin hacer demasiado caso de su madre, que pasó inmediatamente detrás, alcanzándolo antes de que el pobre niño pudiera alcanzar su objetivo. —¡Ulises! ¡No vuelvas a salir corriendo! — Dijo la madre gritando con la voz entrecortada.— Ya te he dicho que no te van ha hacer daño. La enfermera les indicó con una sonrisa, a donde tenían que ir. Jota suspiró, mirando nuevamente el reloj, ya pasaban de las cinco y media. “Menos mal que la chica de la entrada me había dicho que me atenderían enseguida”. Pensó. La situación empezaba a resultarle desesperante. Volvió a mirar el reloj nervioso, y siguió leyendo.
“Le asaltó de nuevo la inquietud, que le condujo hasta el dormitorio para registrar las cosas de Sarah en busca de cartas viejas, aunque no podía imaginar que alguna vez había escrito cartas que ahora pudieran resultar acusatorias. Pero, en manos de la sección especial, tal vez la referencia más inocua podía quedar desvirtuada para demostrar que Sarah era culpable de complicidad. A Castle se le ocurrió que quizá deseaban precisamente eso… En casos semejantes siempre aflora un horrible deseo de venganza. No encontró nada… Cuando dos se aman y están juntos, las viejas cartas tienden a perder su valor. Alguien tocó el timbre de la puerta. Se puso de pie,”
—¿Javier Guzmán? —Si, yo. — Dijo cerrando el libro y metiéndolo nerviosamente en la bolsa de costado. —Sala tres. — Dijo la enfermera indicándole con el dedo. Se dirigió a la puerta que le había indicado la chica. Había olvidado como era la consulta del dentista, así que cuando entró en aquella habitación y vio aquel asiento de color verde claro, con un brazo incorporado en el que se encontraban todas las herramientas del dentista, tuvo la impresión de que si la santa inquisición siguiera estando en nuestros días, probablemente, aquello se parecería bastante a un potro de tortura modernizado. —Hola Javier. Puedes dejar las cosas en esa percha y sentarte.— Le dijo la doctora. Una vez sentado, y con la luz enfocándole directamente en los ojos, tuvo la impresión de haber sido abducido por seres extraterrestres.
Juan Carlos Fernández. 1/12/2007
viernes, 29 de mayo de 2009
ATRACO INOPORTUNO
martes, 7 de abril de 2009
EL CREADOR
Sacó su carnet de identidad y miró la foto, que no le decía nada, fue hasta el cuarto de baño y se miró en el espejo. Si eran la misma persona, moreno, un metro setenta y tres de estatura y de aspecto un tanto fofo, sin llegar a estar gordo, ni muy guapo ni muy feo, en definitiva, uno más del montón. Miró su nombre: Javier Guzmán Gutiérrez y su número del DNI, el cual le fue imposible retener en la memoria. Sus padres eran Carlos Guzmán y Margarita Gutiérrez. Una vez hecho esto decidió encender el portátil y conectarse a Internet, gracias a algún vecino despistado con wifi, empezó a escribir su nombre en el buscador, pero antes de terminar de escribirlo, decidió mirar los emails, accedió a su cuenta sin saber ni su apodo ni su contraseña, de forma automática y sin planteárselo si quiera. Tenía el buzón lleno, la mayoría de ellos abiertos, a pesar de no recordar haberlos abierto, pero lo que más le llamó la atención fue que un desconocido, un tal “juank” estaba tratando de chatear con él. Tal vez ese desconocido tuviera algunas respuestas.
Jota: ¿Quién eres y que quieres?.- Escribió con ciertas dudas.
Juank: Se puede decir que soy algo así como tu creador.
Jota: Ja, ja, ja… ¿Es una broma?
Juank: No, no lo es y por cierto, el café lo tienes ya frío.
Jota miró el baso de café, que estaba sobre la mesa, ya frío como bien le había dicho Juank, luego salió al balcón y miró a los edificios de enfrente, pero no vio nada que le resultara sospechoso. Jota: Buen truco, ¿Cómo lo has hecho?
Juank: No es ningún truco. Tú para mi no eres más que una ficción y cada gesto que haces, cada pregunta que te haces yo la describo, por eso no recuerdas nada más, incluso esta conversación es totalmente ficticia… Al menos para mí.
Jota: No puedo creerte, me estás tomando el pelo.
Juank: No me crees por que yo no quiero que me creas, pero ahora mismo un montón de platillos volantes están apunto de invadir tu ciudad.
Jota: Si crees que me voy a asomar a la ventana para ver si es verdad, lo llevas claro, coleg
En ese momento, un rayo láser, atravesó la ventana destruyendo el portátil de Jota, el cual se tiró al suelo y miró incrédulo hacia el balcón, donde vio como un montón de platillos volantes que parecían sacados de una película de serie “b” comenzaban a destruir la ciudad con sus mortíferos rayos. El corazón de Jota empezó a latirle a mil por hora. Como pudo se incorporó y fue hacia la puerta, al abrirla, vio como todos los vecinos hacían lo mismo que él, intentando salir del edificio atropelladamente. Cerró la puerta bruscamente y vio que el portátil estaba intacto sobre la mesa y a través del balcón se podía ver un cielo despejado, tanto de nubes como de mortíferos platillos volates salidos de una peli de serie “b”, abrió nuevamente la puerta y comprobó que el pasillo estaba vacío y en orden. Cerró la puerta y fue nuevamente hacia el portátil, mientras se tranquilizaba del shock sufrido.
Jota: ¿Cómo coño lo has hecho?
Juank: Me he limitado ha escribirlo en el ordenador y ha ocurrido, solo para ti.
Jota: sabes que sigo sin creerte. Se me ocurre más de una explicación para todo esto.
Juank: Si, ya lo se. ¿Pero entonces por que rechazar la de que eres un personaje de ficción si es la que tienes más a mano? Al menos hasta que salga una explicación mejor.
Jota: Vale, suponiendo que sea cierto. ¿Por qué las historias que has escrito sobre mi son tan aburridas y encima no me como una rosca? La única vez que he estado a punto, ¡Me rompiste una pierna!
Juank: Eran historias cortas, como esta que estoy escribiendo. En la próxima que escriba, te prometo que echaras un polvo. Ahora eso si, la historia con María no habrá ocurrido todavía. También te digo que es posible que te metas en algún lío gracias a esa chica y luego ya veremos lo que te pasa.
Jota: ¿Y respecto a mi pasado? Juank: ¿Te gustan las historias de vampiros? Estoy pensando que en tu pasado tal vez tengas algún encontronazo con estos seres sobrenaturales. Para mi eso no pasará hasta que no lo escriba, si lo hago, para ti ya ha pasado.
Jota: Si eso es cierto, me confirmaras que soy una ficción.
Juank: Para entonces ni te lo plantearas y esto nunca habrá llegado a ocurrir, ni siquiera para ti.
Jota: ¡Ya! ¿Por cierto? ¿Qué se siente siendo Dios?
Juank: No soy Dios, de hecho soy ateo, si dios existiera no haría falta tener que creérselo. En lo que a mi respecta, tú estas más cerca de parecerte a dios que yo. Por algo los dos sois personajes ficticios.
Jota: Si claro, será que yo puedo hacer muchas cosas.
Juank: Puedes hacer todo lo yo quiera que puedas hacer, puesto que no existes, eso te convierte en indestructible, es mucho más de lo que yo en mi mundo gris y real puedo hacer.
Jota: ¿Entonces por que no lo haces? ¿Por qué no me conviertes en una especie de superhéroe?
Juank: Ya te he dicho que tengo otros planes para ti. Bueno Jota, esta conversación ya está durando demasiado.
La pantalla del ordenador se apagó sin más y en ese momento llamaron a la puerta. Eran dos chicas jóvenes y guapas, vestidas de forma provocativa, hacían una encuesta sobre las costumbres sexuales de la juventud de hoy en día, no se sabe muy bien como, terminaron los tres metidos en la cama.
Cuando Jota despertó esa mañana con las sabanas mojadas, apenas podía recordar que era lo que había soñado. Lo que si sabía es que era tan real como cualquier otra persona, podía recordar toda su vida, bueno, todo no, ¿Pero quien puede recordar toda su vida?
viernes, 20 de febrero de 2009
TESTIGOS EN LA TERCERA FASE
viernes, 13 de febrero de 2009
HISTORIAS ANTI SAN VALENTÍN
LA NOCHE NO ES PARA LOS TIMIMDOS
Poco a poco, empezaron a llegar los clientes, al principio muy tímidamente, luego en grupos más numerosos. Jota se vio forzado a abandonar su cómoda posición en la barra para que los nuevos clientes pudieran pedir. Sus nervios por la solitaria salida nocturna y su natural timidez, le hicieron retirarse hacia un rincón, del local, desde el que no perdía detalle de lo que ocurría a su alrededor.
miércoles, 4 de febrero de 2009
OTRA HISTORIA DE MIEDO
Entonces vio a la figura de una chica vestida de blanco a la que casi pasa de largo pensando que era una señal de tráfico o algo así. Estaba cansado, aquella mañana se había tenido que levantar muy temprano para ir a la oficina, pero el trabajo se le había alargado más de la cuenta y la poca visibilidad de la carretera solo empeoraba las cosas. Así que cuando pasó junto a la chica, estuvo apunto de dejarla atrás, pero paró pasados unos metros. La chica, sin mediar palabra, subió al coche, era guapa a pesar de su extremada palidez y aquella mirada perdida con la que parecía mirar al infinito.
— ¿Le pasa algo? ¿Necesita que le lleve a algún sitio?
— No vallas por allí… Están todos muertos…— Respondió ella antes de desaparecer ante los ojos de John Charles.
Sobresaltado, John Charles dio un volantazo, que le hizo salirse de la carretera perdiendo el control y estrellándose contra un árbol.
El motor del coche humeaba y John Charles, salió como pudo, por suerte para él, el airbag había amortiguado el golpe. Sacó el móvil del bolsillo y trató de llamar, pero allí, en medio de ninguna parte, el teléfono no tenía cobertura, así que se resignó a ir asta la carretera alumbrándose apenas con una pequeña linterna que guardaba en la guantera. Por suerte la lluvia había cesado, pero a esta le había sustituido una neblina que a cada minuto que pasaba se iba espesando cada vez más.
La carretera estaba totalmente desierta, o eso pensaba él, ya que cuando la niebla empezó nuevamente a disiparse, vio como entre esta, aparecieron figuras humanas, que al principio, como le había ocurrido con la chica de la curva, pensó que eran simples alucinaciones, hasta que estuvieron lo suficientemente cerca, entonces corrió hacia ellos, sin percatarse de que andaban de una manera un tanto lenta y estrambótica, medio cojeando. Cuando estuvo más cerca, pudo ver que ellos también trataban de ir un poco más de prisa hacia él. Las ropas de aquella gente o mejor dicho, los harapos, estaban llenos de tierra, y algunos llevaban consigo miembros de otras personas, piernas y brazos que estaban intentando comerse. El corazón de John Charles empezó a latir desbocado a causa del miedo, dio media vuelta para correr en dirección contraria, pero de allí, también venían más zombis. Su única posibilidad de escape era internándose nuevamente en el bosque, cosa que hizo, apagando la linterna para evitar ser visto. Saltó entre ramas y matorrales, hasta distanciarse lo suficiente de aquella carretera maldita.
Si se hubiera detenido un momento en su loca carrera por la supervivencia, hubiera visto como los dos grupos de zombis se encontraban y comenzaban a devorarse los unos a los a los otros sin que a ninguno de ellos se le hubiera pasado por la cabeza perseguir al fugitivo y es que los zombis son muy tontos.
Entre las ramas de los árboles y los nubarrones, era imposible ver adonde se pisaba, así que se dio varias veces de morros contra algún árbol y calló igualmente de bruces contra el suelo, pero a pesar del dolor que sentía, le era imposible dejar de correr internándose cada vez más en la oscuridad del bosque. Tal vez por esa razón pudo ver más fácilmente luces al fondo, en lo más profundo y fue entonces cuando dejó de correr, respiro hondo cogiendo aire para continuar y decidió ir hacia las luces con cierta cautela, por lo que pudiera encontrarse. Las piernas, todavía le temblaban a causa de la carrera que se acababa de echar y del miedo que tenía en todo el cuerpo. A medida que se acercaba a las luces de las distintas hogueras que avían en el bosque, pudo oír unos extraños cánticos y las siluetas de la gente que se encontraba alrededor de aquel extraño campamento. Todos vestidos con túnicas negras y portando extraños símbolos, menos una chica, apenas una cría, que la tenían totalmente desnuda y colgada de un árbol, con las manos atadas a la espalda y una mordaza que le impedía hablar… o gritar, debajo de ella, había pintado un círculo con extraños símbolos y un montón de velas negras a su alrededor. El sumo sacerdote cogió una copa de oro una daga. A John Charles se le paralizó el corazón cuando comprendió lo que estaba apuno de pasar. Quería hacer algo, ¿pero qué podía hacer él? Si intervenía, lo único que conseguiría es que en vez de una victima fueran dos, así que paralizado por el terror, se limitó a mirar.
— ¡Oh, amado Belcebú! Acepta este sacrificio que hacemos en tu honor. Es virgen y pura como sabemos que te gusta, amado Belcebú.— Dijo el sumo sacerdote antes de cortarle el cuello a la muchacha.
John Charles tuvo la extraña impresión de que la chica le miró fijamente antes de morir degollada. Todos los allí congregados alzaron la voz con aquellos espeluznantes cánticos, mientras se desnudaban. Nadie se fijó en la figura que se adentraba nuevamente en el bosque como alma que persigue el diablo, cosa que en este caso podía ser literal.
Solo dejó de correr cuando dejaron de escucharse los cánticos, miró hacia atrás y no se veía ni rastro de las hogueras. Apoyado contra un árbol, vomitó asta la primera papilla. Estaba sudando y tenía frío, aun así, pensó que lo mejor que podía hacer era tumbarse apoyado contra otro árbol e intentar dormir esperando que aquella noche de pesadilla terminara lo antes posible, pero el aullido de un lobo, hizo que se lo pensar mejor y decidió hacer un último esfuerzo aquella noche para subirse lo más alto posible en dicho árbol. Una vez arriba, vio nuevamente luz, en principio pensó que era la luz del aquelarre que había dejado atrás, pero luego se dio cuenta de que era luz eléctrica, que salía de una casa o cabaña cuya silueta apenas se perfilaba entre los árboles. John Charles, bajó de su seguro refugio en las alturas y comenzó a andar hacia el lugar donde había visto la casa. Incluso se arriesgó a encender la linterna. Pronto se encontró con un pequeño sendero que dedujo, conducía hasta la casa. El sendero se convirtió en un camino de tierra y pronto vio la casa a lo lejos, de la casa salía una música melancólica y triste. A John Charles aquello no le daba demasiada buena espina y no sabía muy bien por que pero estaba comenzando a arrepentirse de haber bajado de su árbol. Así que antes de llamar a la puerta, decidió que lo mejor que podía hacer era echar una ojeada por la ventana y eso izo. La casa por dentro parecía decorada como en el siglo pasado, el cuadro de una mujer encima de la chimenea, presidía la casa, al fijarse bien en el rostro de la mujer, le pareció que era el mismo que el de la mujer de la carretera. En la repisa de la chimenea había un gran bote de cristal y en su interior un cerebro humano. En las estanterías había libros viejos y tubos de ensayo. Pero lo que realmente daba Miedo, era otra chica, también desnuda, atada con correas y amordazada, la chica tenía un vendaje en el muslo derecho de la pierna manchado de sangre y miraba con autentico pavor a sus captores, un anciano de cierta edad, vestido de cirujano y un jorobado que hacía las veces de enfermero preparándolo todo para la intervención, mientras su hamo hacía un extraño monólogo, en voz tan alta que asta el mismo John podía oírlo a través del cristal de la ventana.
—. ¡Oh, amada Elisavet! ¡Pronto volveremos a reunirnos! ¿Te gusta el cuerpo que te he conseguido? La encontré hace un mes, al amanecer. Había sido atacada por alguna alimaña en el bosque y yo la he cuidado hasta hoy para ofrecerte su cuerpo, que estoy seguro que encajará como un guante en tu cerebro.— Dicho esto, el hombre empezó a raparle la cabeza a la chica y dirigiéndose nuevamente al cuadro.— No te preocupes cariño, volverá a crecer.
John no había podido hacer nada por la chica que habían sacrificado en el aquelarre, pero quizá, si podría salvar la vida de esta otra chica. Buscó un pedrusco lo suficientemente grande como arma. Por suerte para él la luna llena empezó a aparecer a través de las nubes ofreciéndole una estupenda visibilidad y cuando estaba apunto de actuar, vio en el interior de la casa algo espeluznante. Mientras el cirujano empezaba a marcar con un rotulador, en el cráneo rapado de la chica, el lugar donde la iba a operar, empezó nuevamente a crecer el pelo, por la cabeza y por el resto de su desnudo cuerpo, su cabeza se transformó en la de un lobo y de sus brazos y piernas se transformaron a su vez en potentes garras que rompieron los correajes que la mantenían sujeta. Poniéndose a cuatro patas encima de la mesa de operaciones, le aulló a la luna, antes de atacar al jorobado, degollándolo, cosa que aprovecho el cirujano para salir de allí corriendo. John lo vio salir por la puerta, pero no llegó demasiado lejos, ya que el lobo atravesando la ventana no tardó en atraparlo. John decidió que lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias, era salir corriendo, pero al igual que le había pasado al medico chiflado, empezó a sentir el aliento del lobo y justo en el momento en que el animal caía sobre él, sonó un disparo y John se vio en el suelo con el cuerpo desnudo de una mujer encima suyo. Lo apartó con la ayuda de su salvador, un tipo que vestía ropas de principios del siglo XIX, y con un mosquetón que parecía de la misma época en la mano.
— Joder colega, no se como agradecerte tú intervención.— Dijo John intentando recuperar el aliento.
— No hay de que caballero. Yo en las noches de luna llena nunca salgo sin mi vieja escopeta cargada con balas de plata, más que nada, por si algún hombre o mujer lobo trata de quitarme la cena.— Dijo su salvador sonriendo.
John podía ver sus largos colmillos sobre saliendo de su boca y en seguida comprendió que él era la cena a la que se refería aquel hombre siniestro. Se apartó un poco haciéndole el signo de la cruz con los dedos, lo cual provocó una sonora carcajada en su interlocutor.
—. ¡JUA! ¡JUA! ¡JUA! ¡Pero vamos hombre. ¿No has pensado que si fuera tan fácil deshacerse de un vampiro, nos estaríamos muriendo de hambre? Además, si no te voy a matar. Bueno un poco si, pero luego serás uno de los nuestro, de hecho serás mi esclavo.
John Charles intentó huir a toda velocidad, pero el vampiro era mucho más veloz y desde luego más fuerte que cualquier ser humano. Así que lo agarró por el cuello de la camisa desgarrándoselo y lo inmovilizó. John Charles ya lo daba todo por perdido. El vampiro abrió su boca y se dispuso a morder, pero en ese momento, una intensa luz lo iluminó todo, era tan intensa como la luz del sol a medio día. El vampiro soltó horrorizado a John y ante la estupefacta mirada de este, empezó a envejecer y a podrirse, finalmente, solo quedaron los huesos, los cuales no tardaron mucho en convertirse en polvo. El cuerpo de John quedó totalmente rígido y paralizado y empezó a ascender hacia el lugar del que venía la luz. Un objeto gigantesco, que no dejaba de girar sobre sí mismo una compuerta se abrió y el cuerpo paralizado de John entró en el interior del objeto, el cual dejó de proyectar su intensa luz para finalmente ascender hacia el cielo y perderse en la inmensidad del espacio.
¿Fin…?
Juan Carlos Fernández Fernández
16/2/2008
(La fecha de arriba hace referncia a cuando la escribí, hace aproximadamente un año)