viernes, 29 de mayo de 2015

(D.F. 50) HUIDA EN LA NOCHE


Tras la huída de Arturo, Adrián y Casandra llevaron a Julia hasta la habitación donde descansaba Cesar y lo despertaron, para contarle lo ocurrido. Pronto recuperó Julia la consciencia perdida.
 ─ Preparaos, hemos de salir de aquí ─ ordenó Cesar.
 ─ Pero… ¿Y tú? Todavía no estás recuperado ─ dijo Casandra.
 ─ A estas horas Arturo estará llamando la atención de todos los mutantes de los túneles, es nuestra ocasión de llegar a la ciudad. 
 ─ ¿Y que pasa con Arturo? ─ preguntó Julia.
 ─ ¿Qué pasa con él? ¿Todavía quieres salvarlo? ─ dijo Casandra desconcertada.
 ─ No, ya no. ¡Vámonos! ─ contestó Julia.
 En menos de dos horas estaban en la calle, escondiéndose entre las sombras y avanzando con suma cautela. Los gritos de la turba mutante llegaron hasta ellos, se ocultaron entre las ruinas de una casa cercana para ver pasar a la comitiva guiada por Arturo.
 ─ Hijo de puta ─ susurró Julia.
 El enorme chichón de su cabeza era terriblemente molesto sobre todo con la máscara de supervivencia. Una vez pasó el peligro siguieron su camino hasta la ciudad. Unas extrañas luces en el cielo les hicieron volver a ocultarse. Las luces desaparecieron y siguieron andando despacio, más por las heridas de Cesar y Julia que por precaución. Las horas iban pasando y la llegada a los túneles del metro se hacía interminable, las pocas criaturas mutantes con las que se cruzaron se escondían a su paso. Próximos ya a su destino, les llegó a lo lejos el eco de los mutantes, quedaban pocas horas para el amanecer y debían darse prisa, suspiraron cuando por fin vieron la entrada a los túneles, cruzaron la calle con la intención de entrar allí dentro donde sabían de una entrada a la ciudad subterránea. Un estruendo resonó en la noche, seguido de un tenso silencio.
 ─ Parece un disparo ─ dijo Cesar.
 Otro disparo y el sonido de cientos de voces aterradas.
 ─ ¡Adentro, adentro, adentro! ─ Gritó Cesar empujando a sus compañeros al interior del túnel.
 Algunos mutantes se habían quedado allí dentro, los más viejos y enfermos, algunas mujeres y los pocos niños que conseguían sobrevivir, nada especialmente amenazante, a su paso se escondían en las sombras. Bajaron a las vías, habitadas por pequeñas roedores, que se escondían de la luz de sus linternas. Pronto llegaron al metro los mutantes adultos, huyendo de la amenaza del exterior, fueron alertados por los que seguían allí de la presencia de extraños y rabiosos empezaron la búsqueda. Los túneles del metro eran más anchos que los de las alcantarillas y ahora estaban en el territorio de aquellos seres. En poco tiempo fueron localizados, pero los certeros disparos de Cesar y Casandra los hicieron huir por unos minutos, aquellos seres, astutos, con la seguridad de estar en su territorio; regresaron escudándose con las oxidadas chapas de los viejos vagones y se acercaban a ellos más rápido de lo que ellos podían avanzar.
 ─ ¡Está bien, os estoy retrasando! ¡Así que los retendré aquí mientras vosotros seguís! ─ Ordenó Cesar
 ─ ¡De ninguna manera! ¡No te abandonaremos! ─ gritó Casandra mientras arrojaba a la turba los botes de humo.
 ─ ¡Debes hacerlo Cas, yo haría lo mismo! ¡Es cuestión de supervivencia! Casandra sabía que él tenía razón, ellos apenas andaban unos pasos, en cambio los mutantes, cada vez más rabiosos, empezaron a superar la nube de humo. Casandra abrazó a Cesar en señal de despedida.
 ─ ¡Te quiero! ─ dijo.
 ─ Yo también, ahora corre. ¡Corred! Entonces unos enormes focos de luz iluminaron la oscuridad de los túneles, deslumbrándolos tanto a ellos como a los mutantes, que ahora sí huyeron despavoridos. Estaban salvados.

 Jotacé.

viernes, 22 de mayo de 2015

(D.F. 49) SAQUÉO AL REFUGIO


Los mutantes entraron en masa en el refugio registrando hasta el último rincón. Arturo se dio una ducha descontaminante y se puso su traje de superviviente, siempre eso si vigilado por dos mutantes. Agarró una bolsa, fue a la caja fuerte, seguido por sus dos guardaespaldas, cruzándose en el camino con otros tantos mutantes que buscaban a los otros supervivientes, los cuales debían haberse escondido en algún lugar al verse descubiertos. Llenó la bolsa con el dinero y la cerró celosamente, para dirigirse nuevamente a la salida, pero sus guardianes le impidieron salir hasta que apareciera su líder, la espera le fue interminable.
 ─ ¿A dónde se supone que vas?─ le preguntó el líder cuando por fin apareció.
 ─ A la salida, ya tenéis lo que queríais.
 ─ No, no lo tenemos, aquí no hay nadie más.
 ─ ¡Claro que sí! ¡Buscad bien, están escondidos en alguna parte, seguro!
 ─ Hay muchas cosas interesantes, pero nadie como tú, al menos vivo. ¿Qué llevas en esa bolsa?
 Arturo agarró fuertemente la bolsa con las dos manos 
 ─ Son cosas mías, ellos me lo querían robar, pero es mío.
 Los dos mutantes que lo habían estado siguiendo lo agarraron por los brazos y el líder mutante le arrebató la bolsa y la abrió para ver en su interior los fajos de billetes.
 ─ ¿Qué es eso? ─ preguntó un mutante más joven.
 ─ Es dinero ─ dijo otro.
 ─ ¿El qué? 
─ preguntó perplejo un tercero.
 ─ Podéis quedároslo, el dinero y a mis compañeros, pero dejadme marchar ─ dijo Arturo cada vez más aterrorizado.
 ─ Eso solo es papel, irá bien para encender un buen fuego con el que cocinar a nuestra presa ─ dijo el Líder echándose a reír seguido de sus compañeros mutantes.
 ─ ¡Pe… pero teníamos un trato…! ¿Qué hay de los otros?
 ─ Solo hemos encontrado una momia incomestible y a ti. ¡Quítate esa ropa que te has puesto!
 ─ ¡No! ─ contestó Arturo desafiante.
 El líder mutante sonrió, sus compañeros empezaron a desnudarlo rompiendo salvajemente el traje protector de Arturo. Cogieron todo lo que pudiera resultarles de utilidad y salieron de allí llevándolo a él en volandas. Caminando desnudo, con los brazos cruzados y temblando en una mezcla de frío y terror, atusado por los mutantes, Arturo se sabía perdido y sin escapatoria. ¿Qué habría sido de sus compañeros, habían conseguido esconderse o realmente se habían marchado? En cualquier caso, después de todo nadie volvería a buscarle. En ese momento fue realmente consciente de la locura cometida desde el principio y si existía un Dios, probablemente sería despiadado con él.
 Se escuchó un fuerte estruendo y la comitiva se detuvo atónita, sin saber muy bien de donde provenía. Otro estruendo similar y gritos de terror, la mayoría de los mutantes salieron corriendo aterrorizados. Nadie sabía de donde venían los disparos. Arturo se arrodilló aturdido, a pesar de su traición sus compañeros se habían apiadado de él y otra vez habían decidido que su vida valía la pena.
 ─ ¡Sabía que todo esto era una trampa! ¡Lo sabía! ─ dijo el líder furioso.
 Sacó el cuchillo con el que Arturo apuñalara a Cesar de alguna parte de sus harapos, agarró a Arturo de los pelos y se dispuso a degollarlo allí mismo, pero un disparo lo hizo caer al suelo muerto. Arturo miró al lugar del que provino el disparo, el mismo por el que con asombro, veía acercarse a sus salvadores.

 Jotacé.

viernes, 15 de mayo de 2015

(D. F. 48) TRAIDOR


Arturo corría por el exterior como alma perseguida por el diablo, tapándose la herida de la mano que seguía sangrando. Abandono la zona residencial de la ciudad y llegó a los edificios, los animales rugían y gruñían por doquier y pronto llamó la atención de los hombres mutantes de la zona, los mismos que lo persiguieron la primera vez que salió del refugio. Durante semanas se habían llegado a instalar en los túneles del metro con la esperanza de volverlo a encontrar. 
 ─ ¡Miradme bien bestias inmundas! ¡Soy normal! ─ gritó en un acto aparentemente suicida.         El eco de su voz resonó en la noche, atrayendo cada vez más a mutantes al lugar. Aunque el hombre parecía una presa demasiado fácil y jugosa, aquellos seres temían que aquel loco fuera en realidad el cebo de alguna extraña trampa. Arturo siguió andando, con la respiración agitada. 
 ─ ¡Vamos salid! ¡Tengo un trato que hacer con vosotros! ─ volvió a gritar. 
 Solo cuando los mutantes estuvieron seguros de que aquel loco estaba solo se dejaron ver, rodeándolo hasta que le era del todo imposible huir, su aspecto especialmente sobrecogedor, vestidos con sus roídas y harapientas ropas y desprendiendo un olor nauseabundo, aún así, Arturo temblaba pero más de frío que de miedo. 
 ─ Nos llamas bestias a nosotros cuando eres tú el que apareces desnudo, como si fueras un animal, dispuesto a dejarte cazar ─ dijo el líder mutante hachándose a reír seguido por el resto de la tribu. 
 ─ Tengo un trato que hacer con vosotros ─ volvió a repetir Arturo tiritando de frío, cuando cesaron las carcajadas. 
 ─ Está bien, habla. 
 ─ Os puedo llevar a un sitio donde hay más gente como yo, tres… no cuatro, dos hombres y dos mujeres, están en un refugio aquí cerca. A cambio me dejareis coger algunas cosas de allí y buscar mi refugio en los túneles del metro. 
 ─ Hay un viejo refrán que dice “más vale pájaro en mano que ciento volando”. ¿Además, como sabemos que no nos llevaras directos a una trampa? 
 ─ Crees que vendría así si fuera una trampa. Ellos me dejaron como estoy, me robaron y me abandonaron, son peor que vosotros. 
 El mutante meditó por un momento la propuesta de Arturo. 
 ─ Está bien, te acompañaremos, pero como trates de engañarnos lo pagarás caro ─ contestó por fin. 
 Arturo pensó que por fin podría salirse con la suya, regresaría a la ciudad subterránea como único superviviente de la expedición, lo acogerían como un héroe, además llevaría consigo todo aquel dinero que tenía guardado en la caja fuerte del refugio y las cosas volverían a ser como antes, al menos en aquella ciudad. La única pena era que Julia fuera parte de la paga a aquellos monstruos, pero ya encontraría a otra mujer, a cientos con toda la fortuna que llevaría consigo. 
 En cuanto al mutante, se había dado cuenta de la locura de aquel humano, aún así todo aquel resentimiento que sentía hacia sus semejantes haría que ellos tuvieran un gran festín, si era cierto que habían cuatro humanos en el refugio, con aquel loco serían cinco, aquel no era el único superviviente que habían llegado a encontrar a lo largo de los años y su carne sin contaminar era mejor que la de cualquier otro animal de los que por allí predominaban. 
 Por fin llegaron a su antigua casa y a la escotilla de acceso al refugio bajo las ruinas. La escotilla parecía atascada, pero al cabo de un rato consiguió abrirla. 
 ─ Están ahí dentro ─ dijo Arturo mostrándoles la entrada. 
 ─ De ninguna manera, tu entrarás delante y cuidado con hacernos una jugarreta ─ contestó el mutante. Arturo comenzó nuevamente a descender, seguido por los mutantes. 

Jotacé.

viernes, 8 de mayo de 2015

(D.F. 47) LA FUGA.


Tras ser sustituido por Julia en la guardia, Adrián fue a descansar. En la cama Cesar dormía profundamente reponiéndose de sus heridas, Casandra fingía dormir en su saco respirando inquieta por lo leído en el diario de Miriam, él mismo estaba algo intranquilo, deseando que el tiempo pasara rápido y salir de allí lo antes posible; lo ocurrido durante años en aquel refugio le ponía los vellos de punta. Tras salir del cuarto de baño se echó en su saco a descansar, pensando que él también había pasado la mayor parte de su vida en soledad, tal y como le ocurriera a Arturo y a pesar de haber sido aceptado bien por sus compañeros, prefería mantener las distancias, por lo menos hasta llegar a la ciudad. El único contacto mantenido con otro ser humano durante la mayor parte de su vida fue con su madre, con la que llegó compenetrarse de tal manera en el mantenimiento de su refugio, que apenas necesitaban hablar y ahora temía cometer algún error con sus nuevos compañeros, sobre todo a los ojos de Casandra, deseaba estar con ella, era real, al contrario que las fotografías, libros y películas con las que su madre tratara de aleccionarle en los delicados temas del sexo. 
 ─ Debe quedar alguien escondido en alguna parte, tu padre trabajaba con otra mucha gente para salvaguardar la vida humana y cuando yo ya no esté deberás ir en su busca ─ le había llegado a decir en más de una ocasión.
 El nunca creyó que fuera capaz de encontrar a dichos supervivientes y menos aún que pasaran justo por la puerta de su refugio escondido en las alcantarillas para ofrecerle una nueva vida, si es que lograban llegar allí a la ciudad subterránea de que provenían. 
 De fondo a lo lejos se escuchaba la voz de Julia. Él Desconocía la relación de aquella mujer con el prisionero, pero después de leer apenas unas líneas de los diarios, la afectó incluso más que a Casandra que se lo había leído prácticamente entero. 
 Por un momento se hizo el silencio tal y como reinara las horas precedentes, pero un fuerte y estremecedor ruido, los hizo incorporarse de golpe a él y a Casandra.
 ─ ¡¿Qué ha sido eso?! ─ preguntó la joven.
 ─ No lo se, Julia está con Arturo. De hecho hace un momento la escuchaba hablar con él.
─ Yo también. ¡Vamos, no me fío un pelo!
 Antes de salir de la estancia, Casandra miró un momento a Cesar, durmiendo profundamente con aquel leve ronquido y sin percatarse de nada. En el pasillo, apenas les dio tiempo a ver desaparecer como un relámpago a la desnuda figura de Arturo, tras uno de los pasillos.
 ─ ¡Ve tras él, pero ten cuidado, es su territorio y es peligroso! ─ ordenó Casandra mientras ella entraba en la habitación donde lo habían retenido. 
 Casandra encontró a Julia tumbada en el suelo, estaba inconsciente pero viva, eso si con un enorme chichón en la cabeza y su traje estaba ensangrentado, pero tal y como pudo comprobar, la sangre debía pertenecer al fugitivo. Vio los restos de cristal, rotos y ensangrentados en el suelo junto con las ligaduras cortada y enseguida adivinó lo ocurrido allí.
 Por suerte para Adrián, los restos de sangre, dejados sobre todo por las paredes, facilitaba seguir la pista a Arturo por el inmenso refugio. Un extraño y penetrante olor le llenó los pulmones junto con una ráfaga de aire del exterior. Respirar durante un tiempo demasiado prolongado aquel aire contaminado podía afectarle de forma incluso letal o te cambiaba totalmente el metabolismo tal y como hiciera en su día con los mutantes, pero para eso tendrían que pasar días, incluso puede que meses. Aún así vio que Arturo había huido al exterior sin ningún tipo de protección; él aún con el traje puesto, sin su máscara estaba tan expuesto como el propio Arturo, cuyas huellas iban directas a fuera. Con todas las escotillas abiertas, decidió asomarse al exterior para asegurarse de que los restos de sangre seguían realmente hacia fuera. Una vez comprobado volvió a cerrarlo todo y sintiéndolo mucho por Arturo, atrancó la puerta para evitar que los sorprendiera, aquel hombre estaba totalmente trastornado y podía ser muy peligroso. 

 Jotacé.

viernes, 1 de mayo de 2015

(D. F. 46) LA VERSIÓN DE ARTURO


La enloquecida mente de Arturo nunca llegó a aceptar la muerte de su hermana Miriam y durante algún tiempo siguió actuando como si ella siguiera viva, en realidad había poca diferencia, la muchacha se comportaba como una estuviera muerta antes del suicidio. Para Arturo ella una especie de juguete para sus caprichos sexuales y poco parecía importarle la actitud excesivamente pasiva de su hermana. Un día reacciono y decidió salir de allí, para ver si el mundo exterior había vuelto a la normalidad. Tal vez encontrara a otra mujer capaz de satisfacerle mejor que Miriam, pero se encontró con que el mundo nunca volvería a ser el mismo, sus nuevos habitantes ahora eran mutantes ávidos de sangre. Por suerte para él, encontró aquella ciudad subterránea o mejor dicho, sus habitantes le encontraron a él cuando ya se daba por perdido.
Allí habían renunciado a las viejas creencias, adoptaron nuevas costumbres más igualitarias y querían hacerle trabajar, algo que él nunca había hecho, acostumbrado desde siempre a tener todos los caprichos a su disposición. Pensó en la forma de recuperar la fortuna guardada en su refugio, así las cosas volverían a ser como debían y en aquella ciudad terminarían postrándose a sus pies, pero si les contaba la verdad de sus intenciones a los habitantes de la ciudad, nunca le seguirían y si lo hacían sería para robarle, entonces para convencerles, volvió a acordarse de Miriam a la que había abandonado en el refugio, ni siquiera recordaba que llevaba tiempo muerta, solo fue consciente de aquel hecho cuando tras abandonar a sus compañeros a su suerte consiguió por fin regresar al refugio y encontrarla allí inerte en la cama, tal y como la dejó. Enloqueció del todo, limitándose a vivir como un auténtico animal. Días después la compuerta del refugio volvió a abrirse, los mutantes lo habían encontrado, aterrado cogió lo primero que encontró como arma, un afilado cuchillo de la cocina y se escondió, entonces escucho voces conocidas llamándole, eran Julia y sus compañeros de aventuras. ¿Cómo habrían logrado huir? Seguro que querían robarle su dinero para convertirse en los amos de la ciudad o peor aún, podía ser que hubieran pactado con los mutantes y ahora venían a entregarlo a él también, sea como fuera, tenía que impedir que se salieran con la suya. Escondido en una de las habitaciones cuando Cesar entró seguido por Julia le clavo el cuchillo y lo mismo estaba apunto de hacer con ella cuando fue reducido por Casandra y un desconocido que al principio confundió con Pablo. A pesar de su resistencia, lograron atarlo y encerrarlo. Durante un rato gritó y forcejeó, pero lo único que logro fue que lo amordazaran. Finalmente a pesar de la impotencia y la rabia que le hervía por dentro, se calmó y empezó a pensar como salir de allí, vio un trozo de cristal roto en el suelo, se arrastró como pudo hasta allí, se dio media vuelta como pudo y tanteando logró cogerlo; se cortó las manos y sintió el dolor y la sangre saliendo de sus dedos, pero lo importante era conseguir liberarse, salir de allí y evitar que sus captores se salieran con la suya. Casi tenía las ligaduras cortadas cuando la puerta se abrió, era Julia; lloraba y llevaba un cuaderno en la mano, entonces le vino en un flas un lejano recuerdo, el de su propia hermana escribiendo en una libreta similar a esa. 
 ─ ¿Como pudiste tratar así a tu propia hermana? ─ le recriminó aquella mujer con ira mientras él la miraba con ojos desorbitados 
─ ¿Qué te hizo convertirte en un monstruo? En la ciudad no eras así yo… yo…
 Julia se echó a llorar sin ser consciente del leve tirón con el que Arturo había logrado cortar sus ataduras. 
 ─ Después de esto no se si merece la pena que te llevemos de vuelta a la ciudad ─ consiguió decir la mujer antes de darse media vuelta con la intención de salir de la habitación.
 Arturo se incorporó, abalanzándose sobre Julia antes de que llegara a la puerta, la mujer calló al suelo golpeándose la cabeza contra una pequeña mesa y perdiendo el conocimiento. El se soltó las ligaduras de los pies, se los masajeó un poco y se incorporó. ─ ¡No… no dejaré que os llevéis mi dinero! ─ le dijo en tono amenazante a Julia tras quitarse la mordaza de la boca.

 Jotacé.