viernes, 13 de febrero de 2009

HISTORIAS ANTI SAN VALENTÍN




LA NOCHE NO ES PARA LOS TIMIMDOS
Jota cogió el vaso y se lo llevó a los labios, pero estaba tan vacío como la pantalla del ordenador o como su propia cabeza en ese instante, ni siquiera quedaba el agua del hielo derretido. Dando un suspiro de angustia, se levantó de la mesa y fue a la cocina para echarse más whiskey. La pantalla del ordenador se había convertido en una pecera virtual. Jota como un animal enjaulado empezó a dar vueltas con el vaso en la mano y sin saber que escribir.
Ya de niño Jota se había creído distinto de los demás niños. Poco aficionado a los deportes y sin embargo, cuando cogía un libro o un cómic lo devoraba con ansia y lo mismo ocurría con los seriales y las películas que hacían en la televisión, lo cual le hizo tener una tremenda imaginación. Cuando veía a una persona totalmente desconocida, no podía dejar de imaginarse su vida. Cuando por las noches veía las luces de los edificios encendidas seguía imaginando las historias que se desarrollarían allí a dentro. Cualquier vida, cualquier historia le parecía mucho más entretenida que la suya propia. Un niño con tales aficiones, hubiera podido parecer el típico empollón pelota, sin embargo, precisamente por tales aficiones todo lo que le enseñaban en el colegio le parecía sumamente aburrido, de tal manera que se convirtió en una de esas estadísticas sobre fracasados escolares. Encima, el hecho de que le gustara inventar historias no significaba que le gustara escribirlas, solo ya de adulto comenzó torpemente tal afición en los escasos ratos libres que le dejaba su trabajo en una fábrica de conservas.
Pero aquel día las ideas parecían haberle abandonado. La fantasía heroica no le interesaba mucho, prefería la ciencia ficción, pero no vendía. Una novela histórica necesitaba de mucha documentación y el lo que quería era ponerse a escribir ya. Tal vez podía contar su historia y la de su familia, pero le parecía demasiado aburrida, y sería poco muy objetivo por su parte. Siempre se había limitado a observar las vidas ajenas en vez de preocuparse por la suya propia. Tenía buenos amigos pero pocos y no quería arriesgarse a perderlos y sus relaciones con las mujeres habían sido más bien escasas y muy esporádicas, en realidad, sabía más bien poco de eso que los demás llaman amor, todo por culpa de una excesiva timidez y de un miedo atroz a no sabía muy bien que.
Sonó el teléfono sacándolo de sus divagaciones.
- ¿Diga?
- Hola. Mi nombre es Arturo Pérez. ¿Dígame tiene Internet en casa?- Dijo una voz con acento argentino.
Jota colgó el teléfono un tanto desconcertado, se bebió el contenido del vaso de un solo trago y tomo la determinación de salir a tomar alguna copa.
Apagó el ordenador y empezó a llamar a los dos únicos amigos que le quedaban solteros como él mismo.
Uno de ellos estaba trabajando de guardia de seguridad y el otro, tenía el móvil desconectado o fuera de cobertura. No importaba había tomado la determinación de salir y seguiría adelante, era extraño. Esa misma determinación le hizo ponerse nervioso. “¿Y si lo dejo para otro día?” Pensó para si. “No, tiene que ser ahora”.
Se dio una ducha, se afeitó y se puso la ropa más nueva que tenía. Pero cuando salió a la calle la duda volvió a atenazarlo. No tenía ni idea de adonde ir, así que terminó en el bar donde siempre quedaba con sus amigos.
La gente que había estaban cenando o tomando el café de después, ya que todavía era muy temprano. Jota que aquella noche no esperaba encontrarse con nadie en particular, le pidió una copa a la camarera. La chica era morena de ojos verdes muy guapa y con un vestido muy ajustado, era casi imposible dejar de mirarla. Mientras le servía, Jota aprovechó para preguntarle por algún sitio a donde ir que no estuviera excesivamente lejos, ya que quería beber y no quería coger el coche. Ella le dio propaganda de un pub cercano.
- ¿Cómo está el sitio, has ido alguna vez?
- Un par de veces, no está mal.- Contestó ella antes de alejarse.
Jota la miró mientras ella se dirigía hacia dos recién llegado a los que abrazó efusivamente, no pudo evitar una pequeña punzada de celos hacia los recién llegados. Desvió laminada hacia el televisor que estaba junto al techo y en la que hacían una de esas películas sobre veinteañeros salidos, con un montón de chicas en bikini. No sabía muy bien por que pero estaba ligeramente nervioso, desviando la mirada de la tele a la puerta cada vez que entraba alguien, y de la puerta a la camarera. Su pierna se movía incontroladamente a causa de sus incomprensibles nervios. Apuró su bebida, pagó y se fue, con un cierto remordimiento de no decirle algo más a la camarera, la cual por otro lado, estaba más pendiente de otros clientes.
Una vez en la calle, respiró hondo antes de encaminarse al pub que le habían recomendado. El local estaba todavía vacío. Y es que para ciertas cosas era todavía temprano, o al menos eso es lo que le había dicho el barman, asegurándole que hasta las doce de la noche no empezaría a llegar la gente. Por un momento, dudó entre pedirse una copa o marcharse a su casa, finalmente se decidió por un Balantines con cola. Mientras esperaba a que empezara a llegar la gente, empezó a beber lentamente, mientras le entraba cierto sopor.
Poco a poco, empezaron a llegar los clientes, al principio muy tímidamente, luego en grupos más numerosos. Jota se vio forzado a abandonar su cómoda posición en la barra para que los nuevos clientes pudieran pedir. Sus nervios por la solitaria salida nocturna y su natural timidez, le hicieron retirarse hacia un rincón, del local, desde el que no perdía detalle de lo que ocurría a su alrededor.
Un pequeño grupo de chicas, se colocaron cerca de donde el estaba, sin percatarse de su presencia. “¿Existe eso que llaman amor a primera vista?” Se preguntó Jota sin saber muy bien cual de aquellas cinco chicas le gustaba más. Una de las chicas, por fin pareció fijarse en él. No era la más guapa, pero tampoco era fea. En seguida el corazón de Jota empezó a palpitar a toda velocidad. Toda una serie de absurdos pensamientos empezaron a cruzarse por su cabeza. “¿Qué hago? ¿Le pregunto el nombre y después qué? Aquello de estudias o trabajas esta muy pasado de moda. ¿Le pregunto si viene mucho por aquí? ¡Ah no! ¡Ya sé! Le contaré un chiste… ¿Pero que chiste le cuento? Ahora mismo no se me ocurre ninguno.”
Ella le sonrió dos veces, tal vez esperando a que el pobre Jota reaccionara, pero a él aparte de devolverle la sonrisa, seguía sin ocurrírsele que decir. Finalmente y después de tres cuartos de hora allí plantado, otro grupo de chicos comenzaron a entablar conversación con las chicas y Jota lo dio todo por perdido. Se dirigió a la barra, dejó el baso vacío y fue un momento al lavabo. Mientras orinaba no podía dejar de pensar que todavía no era tarde y que tal vez pudiera tener otra oportunidad.
Cuando salió del lavabo, se pidió un chupito de tequila, sabiendo que al día siguiente lo iba a lamentar. Aquello no importaba, lo importante era que en aquel preciso momento necesitaba algo que le diera valor.
Ligeramente mareado, se dirigió a la esquina en la que creía que estaban las chicas aquellas, pero si no se había equivocado de sitio, significaba que ellas ya se habían ido, tal vez con los otros chicos.
Eran cerca de las dos y media y las pocas chicas que quedaban en el local, todas parecían acompañadas, el resto de la gente ya estaba empezando a ir a discotecas que no cerrarían hasta las cinco o las seis de la mañana.
Jota, ya estaba cansado de dar vueltas y para ir a cualquier discoteca, necesitaba coger el coche, pero lo cierto es que no tenía ganas, ni de coger coche ni de ir de pagar veinte euros por entrar en una discoteca. Para él la noche ya se había terminado. Sus pasos le llevaron de vuelta a casa.
Se quitó la ropa, apagó la luz y se tumbó en la cama y empezó a masturbarse pensando en aquella chica, luego se quedó profundamente dormido.
Juan Carlos Fernández

1 comentario:

  1. Muy bien escrita, para no contar nada. Me gusta. Sigue así.

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